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El final de un farsante

Vizcarra empieza lo que será el camino hacia su lamentable y aparatoso final.

El presidente accidental que hoy padecemos, Martín Vizcarra, empieza su inexorable camino, hacia su, más que lamentable y aparatoso, final. Las circunstancias para ello, son numerosas, según se ve, pero la principal, es que no ha podido demostrar que, más allá de su perorata estúpida y falsaria de la lucha contra la corrupción –en la que él mismo estaría más que implicado– gracias al apoyo de su aliada ONG de izquierda caviar, el IDL y sus fiscales y jueces digitados, puede gobernar nuestro país. Esa es la principal razón de su renuncia anticipada, aunque dicha de otra manera, él le llama “reforma constitucional” para adelanto de elecciones generales y congresales. Porque si Vizcarra, fuera un verdadero presidente, no renunciaría, de ese modo tan estrambótico, solo porque el Congreso marcha dentro de los cánones que manda la ley, sino que según él «no le obedece».

El grave problema aquí, es que Vizcarra, no es un político con tradición y formación partidaria y doctrina basada en la institucionalidad, claro que no, es un izquierdista de la nada, es decir, de los que piensan que ser presidente es “mandar como se le pegue la regalada gana en todo el país». Bueno, eso puede ser viable cuando se está en la chacra personal, pero no cuando se trata de un país enfilado por un orden institucional y poderes medianamente equilibrados. Pero lamentablemente, así es cómo la entienden la gran mayoría de peruanos. En el Perú, como no existe una educación política acorde, que forme generaciones y tampoco los medios la realizan, la idea de gobierno es similar a «reinado», es decir, persiste la errada creencia que, así sea en democracia, el presidente «da órdenes y todos tienen que obedecerlas».

Suma a esto nuestra historia, que no ha fue forjada por partidos e instituciones, sino por dictadores o civiles que se creyeron instituciones y que han usado siempre la palabra «democracia» para describir sus gobiernos de facto o endebles, una evidencia más que palpable de porqué el pueblo piensa que «así es la democracia». Y el error consiste en asociar la democracia con sistema institucional y como se cree que en democracia el pueblo “manda” – cuando en realidad, delega – entonces puede existir cuota libre de satrapía. La institucionalidad tiene por principio el equilibrio de poderes institucionales, en el que el presidente no tiene todo el poder, sino que es partícipe junto a otros, de una dirección integrada del Estado, junto al Poder Legislativo (el Congreso) y el Poder Judicial (sistema de justicia), cada uno de ellos autónomo.

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Lamentablemente muchos postulan y suben al poder con la idea de que ser presidente es actuar como un rey de antaño, quien decretaba la cacería de la temporada y eso se hacía. Hoy Vizcarra cumple prácticamente con esa definición muy peruana de cómo ser un “buen presidente”. Lo que a él le gusta, eso se tiene que hacer y si no se hace entonces «no lo dejan gobernar» o “lo están obstruyendo” o “los corruptos intentan doblegarlo”. ¿Cuál es la consecuencia? Patea el tablero, convoca a marchas – que nunca son numerosas – coge la pelota y quiere irse a su casa, porque los demás niños, no se amoldan a sus pataletas, sino a las reglas del juego. En la institucionalidad hay reglas y limitaciones al presidente, pero eso no le gusta al niño Vizcarra, cree que está en su cancha – socia de Odebrecht – y que todo tiene que salir «tal y como él lo quiere» y si eso no es así, entonces «se lleva la pelota».

Pero como todo eso implica una posición muy tenue, es obvio que todo se va desmoronando como caja de cartón mojado. Por lo pronto, ya quedó claro que los fiscales «héroes» de Lava Jato, solo persiguen a algunos políticos y no a los autores del robo más monumental de la historia del Perú (los empresarios mercantilistas, que siguen libres, trabajando y hasta contratando con el estado, como si nada). Ahora los papeles se están invirtiendo, los peruanos van despertando y conociendo la farsa montada por el pulguero izquierdista con el IDL a la cabeza y la prensa emputecida con el caudal tributario. Aunque lo más grave es que, sin mayor aspaviento, la crisis económica se agudiza y si continua su imparable decadencia, ya no habrá «aprofujimontesinistas» a quienes culpar, sino la demostrada farsa, de un gobierno enclenque y pusilánime, al momento de enfrentar la realidad.

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