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El vendedor de crispetas que invierte en la bolsa, tiene propiedades y hace cruceros

“Me gusta mucho la guita, pero a la suerte hay que ir a buscarla” dice este 'pochoclero' que ha trabajado desde los 17 años.

Ahorro y trabajo duro es la frase que resume desde el inicio hasta el fin al capitalismo. Crear riqueza, acumular capital y luego trabajando multiplicas ese capital, perpetuando el ciclo. Aquél que más la promueve es Miguel Anxo Bastos, economista austríaco y paleolibertario de la ‘derecha vieja’ que aunque ha realizado ponencias y escrito artículos con una estructura teórica más compleja que una simple frase, define así el orden económico temporal.

Esto es algo que podríamos intentar observar con detenimiento, entre tantas historias que hay de prosperidad individual y familiar. ¿Quién diría que unas grandes lecciones pueden venir de un pochoclero? No lo sé, pero yo aposté a que sí, y lo sostengo con este artículo.

Trabajas, creas riqueza y guardas tu excedente. No hay más que eso. Esa lección es la que aprendió Mauricio Diez, un vendedor de palomitas de maíz (también llamado pochoclero de forma local) argentino, marplatense que cumplirá 30 años vendiendo. Su historia, compilada por Clarín, ha movido bastantes sentimientos y emociones así como reflexiones que encierran una conclusión. Su vida se ha basado en trabajar, en ahorrar, y luego siendo ingenioso, invertir en patrimonio hasta conseguir lo que tiene.

Es ‘pochoclero’, pero ha hecho más que cualquiera de nosotros

Dice que empezó a trabajar a los 17 años. Nunca terminó la educación secundaria pues siempre fue ávido fan del dinero. Él narra que al principio de todo estaba loco por independizarse, por lo que en vez de terminar sus estudios, empezó a trabajar. Tal como era la costumbre de los criados a la antigua, empezó a trabajar de lo que hubiera, y a partir de su capacidad de hacer, mejoraba su posición. A partir de sus primeros trabajos fue generando sus propios ingresos, y poco a poco fue siendo independiente económicamente.

A los 22 fue que empezó con el negocio de las palomitas de maíz, al conseguir un carro de palomitas y remodelarlo. Desde ese día, no ha parado. »Me costó al principio hacerlos, se me quemaban, salían negros y lloraba del humo negro que salía» dijo. Después de eso, tomó conocimientos de los trucos que conllevaba su trabajo. »Tiene su secreto: la cantidad de aceite, la temperatura de la olla para que el maíz reviente en el momento exacto…y por supuesto usar aquel maíz que contenga la proporción ideal de proteína y algodón» añadió.

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A los pocos años de comenzar, a mediados de los 90’s, un cliente le recomendó invertir en bolsa. «Un cliente me empezó a llenar la cabeza sobre las posibilidades de invertir en la bolsa» contó. Esta idea le interesó, así que a partir de eso empezó a leer libros y educarse. Al respecto de eso, cuenta que la calle fue su tutora y que siempre aprendió de lo que vivía. De esto extraemos que el vivir y experimentar, en constantes pruebas de ensayo y error, aprendió a actuar de manera que pudiera ganarse la vida mejor.

Las lecciones de un vendedor de crispetas

Dice que aprendió a moverse con inteligencia y oportunismo, pero en el sentido positivo: aprovechando las oportunidades. Y así fue, pues, como el pochoclero se convirtió en inversor. A partir del momento de la recomendación del cliente, astutamente la siguió pero con prudencia. «De a poquito me fui animando e invertía el equivalente a paquetitos de pochoclos, calcular así me tranquilizaba» y luego señaló: «Los ’90 fue una época en la que lo que yo invertía multiplicaba por 20 o 30 lo que ganaba en un día vendiendo pochoclos».

Su vida es una parábola que en esencia refleja que el trabajo duro no es una cuestión de realizar una sola actividad por mucho tiempo, sino que conlleva un esfuerzo mucho más grande, dándoles una lección a todos. Tanto al que tiene mucho, como al que no. El trabajo es, a tales efectos y enseñanzas, la ejecución del esfuerzo que se realiza para alcanzar fines. Es la realización de la actividad bien hecha, y no de una sola, sino de varias.

El trabajo aglomera todo esto en un esfuerzo unísono que se compone del saber planificar, llegar, aprovechar, calcular, mover, actuar persuadir y convencer. Esto se denota el que sea muy querido en el vecindario dado que se crean filas enormes para comprarle nada más a él, fruto del trabajo que más allá de vender palomitas de maíz, se trata de conectar con la gente y cuidarla. «Playa Varese sin Marcelo no es Playa Varese», dijo Ramiro a Clarín, un guardavida de Playa Varese, donde el pochoclero vende. Esto es algo que él mismo afirma

Y es que el trayecto que ha tenido en su vida a lo largo de 30 años no es algo que se pueda resumir en una nota. Sin embargo, las vivencias que él les comparte a Clarín, y de ahí a todos nosotros, dan lugar a reflexiones distintas. Algo reseñable es que él esboza una crítica a las generaciones actuales. Entre su patrimonio, además de 2 autos personales y 2 casas, se encuentran 4 carritos para vender pochoclos.

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Cuenta que tiene la mitad de ellos parados porque le faltan empleados, y eso a pesar de que paga bien. «Me he esforzado mucho, algo que a los jóvenes de hoy no les gusta. Yo este verano tengo dos carros de pochoclos parados porque ofrezco laburo y nadie quiere trabajar. Y eso que yo pago bien: el 30 % de las ganancias que suelen tener un piso de $3.000». Eso que nada más cuenta el período del verano, porque trabaja todo el año, pero igualmente yergue la crítica a los jóvenes.

Algunas reflexiones que nos deja

Como hemos contado, el trabajo fue más allá de vender palomitas de maíz. El chiste no es venderlas, es lo que puedes hacer al venderlas, y lo que haces después de venderlas para seguir creciendo… Algo así como ser empresario y trabajador, autoemplearse hasta crecer lo suficiente para brindarle empleos -oportunidades- a otros. Y, sobre todo como nos ha contado, asumir riesgos. «Arriesgo, no me quedo con lo que tengo y lo guardo bajo el colchón. Si quiero ganar la lotería, tengo jugar, apostar. La suerte no viene sola, a la suerte la voy a buscar» arguye al entrevistador. Después de tanto, Mauricio es capaz de no solamente dar empleos. ¿Salario mínimo? Para nada: Te dan directamente de las ventas generadas por comisión, aumentando o disminuyendo dependiendo de las ganancias que se generen.

Lo más llamativo de esto sea quizás la importancia del respeto y de los valores que uno como individuo es capaz de internalizar para luego actuar. El saber perseverar, el valorar, resistir, actuar y tratar con los demás en este extenso orden de interdependencia es lo que le permitió a ese hombre surgir. Y el respeto es la clave para nosotros no ver a este hombre como un simple pochoclero. No es que sea un pochoclero, un abogado, un albañil o un panadero; es un sujeto que trabaja y sabe hacer dinero a partir de conocer cómo mantener la gallina de los huevos de oro, que es la gente.

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Y para tanto él poder mantenerlos comprándole, como para nosotros desnudar su personalidad –con todo lo que eso implica– y ver más allá de su trabajo denominado como pochoclero, es necesario respetar. «Tengo el don de venderle a cualquiera, no sé, me sale naturalmente, pero siempre con mucho respeto, sacándole una sonrisa a la otra persona» dijo él. Otra frase clave que podríamos tomar del hombre es: «Tengo facilidad para decirle a alguien qué hacer. Siempre es mejor darle una mano al otro que a uno mismo»,

Y siempre queda tiempo para los hobbies

Y viendo más allá de su actividad económica, Marcelo es una persona bastante extrovertida. Dice que le gusta actuar, y de hecho, actúa y lleva participación en más de 18 obras teatrales. Tampoco tuvo reparo alguno en exponer de forma explícita el cómo conoció a su novia actual y lo que planea hacer a futuro. «Ahora estoy con alguien, una maestra, que es la que me persuadió para que termine el secundario y la que me llevó a conocer el maravilloso mundo de los cruceros». Ha revelado al entrevistador que le cuesta armar una relación sólida pero ahí va, y que también está yendo a la escuela nocturna para sacar su título de secundario. Pero a futuro dice que le gustaría tener hijos: «Muero por tener un hijo y que mi sangre se inmortalice, veremos…»

Además de actuar, ha salido bastante de cruceros y ha viajado por el mundo después de todo lo que le ha costado surgir y llegar hasta donde está. Ese disfrute del propio esfuerzo es un valor, quizás no tan de carácter hedonista, sino balanceado. Por un lado no gasta y despilfarra todo aquello que él ingresa y debe reinvertir para que su negocio siga en pie. Por el otro lado, tampoco es un tacaño que a pesar de estar en una situación bastante ventajosa teniendo en cuenta que tiene una PYME se ahorra hasta el último centavo.

Se da sus gustos, tampoco hay que darle mucha vuelta. Se trata de disfrutar lo que uno construye y asumir las consecuencias de nuestros actos buenos y malos. El ser un personaje, después de todo, parece dar lecciones de vida hasta el final y estas son algunas que aparecen de forma inesperada ante nuestros ojos.

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