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Los países nórdicos no son ningún paraíso socialista

Existe un mito difundido por la izquierda progresista de que los países nórdicos son socialistas, sin embargo es algo totalmente alejado de la realidad.

Escandinavia ocupa un lugar especial en las mentes de los socialistas de todo el mundo. En una ocasión, la periodista Polly Toynbee, del diario The Guardian, describió a Suecia como “la sociedad más exitosa que el mundo ha conocido”.

En Estados Unidos, todo tipo de gente, desde candidatos presidenciales hasta economistas ganadores del Premio Nobel, han señalado que quienes formulan políticas deberían tomar a Escandinavia como modelo para reducir la pobreza y promover un crecimiento más balanceado.

Pero, ¿es en realidad el Valhalla socialista que se festeja como tal?

En un discurso que dio el año pasado ante la Universidad de Harvard, el primer ministro danés Lars Løkke Rasmussen, trató de poner las cosas en su sitio. “Sé que algunas personas asocian al modelo nórdico con algún tipo de socialismo”, dijo él. “Deseo aclarar una cosa. Dinamarca está muy lejos de ser una economía de planificación socialista. Dinamarca es una economía de libre mercado”.

En efecto, ver a los países escandinavos como socialistas -e incluso del ala izquierda- omite una verdad esencial acerca de cómo están organizadas sus economías.

Mientras que esas naciones tienen altos impuestos y un Estado de bienestar generoso, en muchos sentidos sus mercados son inusualmente libres, adoptando exactamente el tipo de políticas que la izquierda británica, con su rígida adherencia a la planificación e intervención centralizada, combate constantemente.

El gobierno escandinavo versus el gobierno británico

La semana pasada, el partido laborista inglés prometió un salario mínimo de £10 aplicable a todos los trabajadores, incluyendo aquellos entre los 16 y 18 años de edad.

De ponerse en práctica esta medida de mayor costo, podría tener enormes y perversos efectos colaterales –con trabajadores jóvenes y sin habilidades prácticamente excluidos del mercado laboral.

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En contraste, el propio concepto de un gobierno central que impone una política “que calce  para todos” con la finalidad de cubrir todos los empleos y sectores, es algo totalmente ajeno para las economías escandinavas.

Ni Suecia, ni Noruega ni Dinamarca, en la actualidad, tienen un salario mínimo. En vez de ello, los salarios se definen por acuerdo mutuo entre sindicatos y patronos, variando usualmente de acuerdo con la industria u ocupación en cuestión.

En tal sentido, los mercados laborales de Escandinavia son mucho más flexibles y descentralizados que los de Gran Bretaña y cualquier economía de planificación centralizada.

Las tasas de impuestos a las empresas en Escandinavia se comparan favorablemente con aquellas de países abiertamente capitalistas. Las de Suecia y Dinamarca están entre las más bajas de los 15 países de la Unión Europea, mientras que las tasas de Finlandia, con un 20 por ciento, están a la par de Gran Bretaña. Noruega tiene la tasa más alta de los cinco países, pero con un 27 por ciento.

Si bien la reverencia hacia el Sistema Británico de Salud (NHS) ha llegado casi a ser un fervor religioso –y logrado que la discusión para subcontratar [outsource] o adoptar alguna provisión privada para el cuidado de la salud, se convierta en algo tóxico- los suecos no tienen tales reparos.

En un cálculo reciente, alrededor del 20 por ciento del cuidado en hospitales públicos y cerca de un 30 por ciento de asistencia primaria pública, lo brindaron empresas privadas –comparado con alrededor de un seis por ciento en Gran Bretaña.

Entre tanto, el sistema educativo de Suecia -inspirado en las ideas del bien conocido pensador socialista Milton Friedman- permite que los padres complementen el costo de la educación privada mediante el uso de vales de fondos gubernamentales [vouchers], lo que ha permitido que surja la posibilidad de escoger y establecer competencias entre las escuelas.

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¿Y Noruega qué?

Noruega, otra nación a menudo expuesta por la izquierda británica como ejemplo de un “camino mejor”, también es algo así como una falacia.

Es difícil exagerar la importancia que tienen las vastas reservas petroleras de Noruega para su éxito económico; éstas han permitido que se construya el fondo soberano de riqueza más grande del mundo (se ha estimado que llegue a $1 billón para el 2020).

Este fondo gigantesco tiene actualmente alrededor del uno por ciento de todas las acciones del mundo y posee más del 2 por ciento de todas las empresas que aparecen cotizadas de bolsas de Europa, así como un vasto portafolio de propiedades.

Así, el “socialismo” noruego es irónicamente financiado por inversiones en los proyectos capitalistas alrededor de todo el mundo. Las buenas inversiones históricamente hechas por el fondo, constituyen, en gran parte, la razón por la cual Noruega ha demostrado ser tan resistente a las fluctuaciones de los precios del petróleo en años recientes.

El año pasado, por primera vez, el gobierno de Noruega tomó más dinero del fondo que lo que el fondo propiamente recibe de sus ingresos petroleros, debido a la caída global en el precio del petróleo. Es un colchón crucial, que permite que la nación mantenga su elevado gasto y sus generosos programas sociales.

Por el contrario, la prosperidad de Escandinavia tan sólo se ha visto amenazada cuando sus naciones han abrazado políticas genuinamente socialistas.

¿Cómo llegó Suecia a ser lo que es ahora?

Durante la década de 1970, el tamaño del Estado sueco llegó a expandirse verdaderamente bajo gobiernos socialistas sucesivos. Una imposición punitiva, incluyendo tasas marginales efectivas que en algunos casos superaron al 100 por ciento, promovió un éxodo masivo de ciudadanos ricos y empresarios, incluyendo, famosamente, al director de cine Ingmar Bergman y al fundador de la empresa IKEA, Ingvar Kamprad.

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Para 1993, cuando el gasto público había llegado a ser el 67 por ciento del PIB, Suecia se había caído, de ser la cuarta nación más rica en el mundo de los años setenta, al catorceavo lugar.

Tanto los ciudadanos suecos como los daneses empezaron desde ese entonces a rechazar a quienes proponían aquello de “prometer cosas gratis a cambio de más impuestos” en las votaciones. En años recientes se ha visto un apoyo a partidos del centro-derecha, que prometen una moderación fiscal.

Es fácil ver por qué Escandinavia es a menudo mitificada por los adherentes al socialismo. Sus ciudadanos disfrutan de una educación y un sistema de salud entre los mejores del mundo, y los cuales reciben altos niveles de financiamiento por parte del gobierno y permanecen (en mucho) siendo mayormente gratis para quienes los usan.

Pero, que no lo engañen las altas tasas impositivas. El éxito del modelo nórdico descansa en que ha abrazado al capitalismo de libre mercado, la competencia y la defensa de la propiedad privada –muy diferente del sistema de planificación centralizada expuesto por la izquierda socialista.

Este artículo apareció por primera vez en CAPX por Madeline Grant.

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